Spinoza denunció la historia y su cronología oficial hasta el siglo XVII

Andreu Marfull

17 de enero de 2021 (texto original de 7 de septiembre de 2020)

Leer el libro Tratado teológico-político (2012) (*), de Baruch Spinoza (o Benedicto Espinosa), requiere ponerse unas gafas especiales para ver su trasfondo. ¿Por qué? Pues porque en todo el libro no se hace referencia al tiempo histórico oficial (es atemporal) y mezcla hechos bíblicos con los de la Edad Media, haciendo referencia a las naciones hebreas de la antigüedad y a las de la Europa medieval como si de la misma idea se tratara. Y es más, nos dice que la Biblia está mal ubicada en el tiempo y narra unos hechos más próximos que se refieren a un tiempo real mucho menor. Y ver en ello una intención (que la debe tener) requiere de unas lentes especiales.

En pleno siglo XVII (el oficial), se publican libros que se han convertido en grandes referentes de la historia en los que se citan años a raudales e incluso documentos oficiales extraídos de archivos reales. Pero Spinoza nos hace una disertación extraordinaria de la historia humana, que nos hace trascender el pasado, y no nos cita ningún año referido a la cronología oficial, y ningún siglo. Ninguno. Por otro lado, se trata de una historia que, a primera vista, se puede decir que (según Spinoza) no tiene un pasado milenario. Es actual, porque hace referencia a una problemática muy actual, religiosa y monárquica, que asola toda Europa. Spinoza se encuentra en un escenario pre-ilustrado y absolutista, imperial, donde el Sumo pontífice ha decaído, y las naciones se encuentran todas ellas inmersas en conflictos bélicos de todo tipo.

Spinoza nos habla de una era en la que gobierna una sola ley, la de Dios, donde un Sumo Pontífice encarga de preservarla, mientras que unos Príncipes gobiernan a las naciones con la participación activa de las comunidades, a quien se deben. Visto así, todos pensamos con la Edad Media. Este triple poder, con una sociedad parlamentaria que se siente igual en derechos ante el Príncipe y del Pontífice (porque Dios establece que todos somos iguales ante Él) es una evidencia en la Edad Media. Príncipes y condes, y también reyes y emperadores, en muchos lugares de Europa, crean y participan de este equilibrio de poderes, y todos pensamos en el Papa, y con los parlamentos o senados de tradición romana. Pero, por alguna razón, no nos habla de la Edad Media sino que hace referencia al Estado hebreo bíblico, el de antes del cautiverio de Babilonia del pueblo de Israel de hacía (oficialmente) más de dos mil años.

Es decir, Spinoza no diferencia el orden hebreo antiguo del cristiano medieval. Parece que nos diga (con las obviedades) que el orden medieval europeo es el judío. En ningún momento dice que no lo es, y de una forma muy bien elaborada nos lo hace saber describiendo sin rodeos el orden medieval como si del Estado hebreo original se tratase. Por eso no nos sitúa con fechas precisas, en ningún momento del libro, cuando se refiere al Estado hebreo. Sólo se apoya con el texto sagrado.

En el libro de Spinoza, Príncipes, Sumo Pontífice y Estados, en la forma de naciones piadosas de Dios, como si de la Edad Media se tratara, se mezclan con la constitución y posterior colapso del Estado hebreo (lo que nace con la ocupación de Canaán), como si ésta fuera la historia reciente. Es decir, nos hace un calco de lo que la historia oficial nos dice que pasó entre los siglos VIII y XV después de Cristo, en el que nacieron naciones y formas parlamentarias, y las comunidades organizaban y gobernaban con la autoridad concedida a un príncipe, conde o rey que ellas autorizaban, en el marco de un orden más global tutelado por un sumo pontífice. Spinoza nos narra lo que la historia oficial ha transformado en la Edad Media hasta la aparición del imperialismo absolutista, que empieza en el siglo XVI y se recrudece en los siglos XVII y XVIII. Todo está, pues, fuera de contexto, aparentemente.

Siguiendo el consenso académico, el libro de Spinoza trata de la problemática de la reforma religiosa en que se encuentra inmersa Europa en el siglo XVII, que conduce a la aparición de una revolución hacia el Estado laico. Se hace un profundo análisis de los pros y los contras de los órdenes hebreo y cristiano, así como de los poderes de los Estados, los monarcas, los pontífices, las religiones i de la naturaleza de los textos sagrados, haciendo de la idea de Dios (entendido como a ley natural de las cosas) el camino para restituir el pacto social necesario para mantener unidas a todas las naciones, en paz. En este sentido, es una gran obra, extraordinaria. Ahora bien, también hay trata un tema del que no se habla pero se puede discernir. Nos habla de la historia de la civilización humana, que tiene en Oriente y al Occidente la huella hebrea hasta el siglo XVII.

Como idea principal, resalta que la beatitud de Dios es la del orden natural, y que ante ella todos somos iguales. Dice (p. 139):

Dado, pues, que la ley no es más que la forma de vida que los hombres imponen a sí mismos o a otros por alguna finalidad, parece que hay que distinguir ley humana y ley divina. Por ley humana entiendo aquella forma de vida que sólo sirve para mantener segura la vida y el Estado; por ley divina, en cambio, aquella que sólo se refiere al máximo bien, es decir, al verdadero conocimiento y amor de Dios.

En esta línea, a lo largo del libro se construye una profunda idea la paz basada en la piedad y la religión, siempre y cuando se reduzcan a la práctica de la equidad y la caridad, mientras que el derecho de las supremas potestades debe referirse a las acciones. El resto, hay que dejarlo a la libertad de pensar y decir lo que se piensa (p. 424). Dice (p. 415): "La verdadera fin del Estado es, pues, la libertad". Según él la libertad aparece con el cultivo de las artes y las ciencias, la buena educación, la integridad de las costumbres y la virtud (p. 419). Y añade que cuanta más libertad se concede a los hombres más cerca está el Estado de la ley natural, y con menos violencia se gobierna (p. 421). O, dicho de otro modo (p. 414):

El Estado más violento será, pues, aquel en el que se niega a cada uno la libertad de decir y enseñar lo que piensa.

Spinoza anuncia la idea de unas naciones unidas, que al tiempo que le toca vivir no lo están por razones religiosas y monárquicas. Asimismo, siendo un filósofo de origen sefardí que deviene ateo, mantiene una posición muy personal sobre el futuro de los judíos. Adelantándose a la realidad del siglo XX, afirma (p. 134):

 (...) algún día los judíos, cuando se les presente la ocasión (!tan mutables son las cosas humanas!), reconstruirán su Estado y Dios los escogerá de nuevo.

En 1948, después de la Asamblea fundacional de las Naciones Unidas de 1945, el Estado de Israel se convierte en el Estado hebreo reencontrado. Por otro lado, Spinoza insiste en que ninguna nación se distingue de otra ante la verdadera virtud, y que ninguna es escogida por Dios con preferencia (p.135). De hecho, siguiendo su línea, que aspira a un retorno hacia la autoridad de la ley natural (que asimila con Dios), Spinoza aclara que los judíos de hoy no tienen nada que pueda atribuirse estar por encima de todas las naciones (p. 133), a pesar de su tradición profética que, según resalta, no ha sido nunca peculiar de los judíos. Como dice, los hebreos se preocuparon de escribir las cosas de sus profetas, y no los otros pueblos (p. 126).

Según Spinoza, el amor a Dios es la suprema felicidad y la beatitud del hombre, entendida como fin último de todas las acciones humanas (p. 140). Al hacerlo, hace referencia a la tradición judeocristiana, pero también hace un puente con la idea cristiana del Nuevo Testamento. Le dice "ley divina natural", y la hace universal y común a todos los hombres (p. 142). Según él, Cristo, a diferencia de Moisés, no se propuso otra cosa que enseñar la ley universal y distinguirla de las leyes del Estado (pp. 154-155), siguiendo el hilo que predica Jesús. Más adelante (p. 385), afirma que "Dios ha revelado, por medio de los apóstoles, que su pacto ya no se escribe con tinta ni con planchas de piedra, sino que con el espíritu de Dios a los corazones". En esta línea, añade (p. 311):

Moisés no procuró convencer a los israelitas por la razón, sino obligarlos con la alianza, juramentos y beneficios y, después, amenazó al pueblo con penas y lo exhortó con premios para que obedeciera a las leyes; y todos estos medios no se destinan a las ciencias, sino a la obediencia.

Con esta referencia a la obediencia se refiere a los textos sagrados, que pone en cuestión. Y no lo hace sólo con los del Antiguo Testamento, sino que también lo hace con los del Nuevo. A todos los libros trata por igual en su estricta análisis. Respecto a los libros sagrados más antiguos, en el Capítulo VIII del libro afirma que todo el Pentateuco (que abarca desde la Génesis hasta el Deutoronomio, que se dice escribió Moisés), más los siguientes libros de Josué, de los Jueces, de Ruth, de Samuel y de los Reyes, fueron obra de una mano que los compiló más tarde, sin demasiado criterio, y fueron narrados como antiguos (p. 234). Apunta al escriba Esdras, que la historia oficial hace un sacerdote que devuelve del cautiverio hebreo de Babilonia. Dice (pp. 234, 238):

todos ellos [los libros] fueron escritos por un mismo historiador que quiso escribir la historia antigua de los judíos, desde el origen hasta la primera destrucción de la ciudad [p. 234]. (…) [El historiador] "se limitó a recoger historias de varios autores y, alguna vez, a redactar de forma elemental, y las dejó a la posteridad sin haberlas examinado ni ordenado [p. 238].

Spinoza encuentra múltiples anacronismos, errores y repeticiones. Y todas estas evidencias, así como la sencillez de la estructura y la intencionalidad, lo delatan. Es decir, hace de la salida de Egipto de tiempo de Moisés, e incluso del pasado anterior de los mismos Adam, Noé y Abraham, un libro escrito con una narrativa intencionada desde tiempos de Alejandro Magno, más o menos. Spinoza denuncia la capacidad inventiva de los rabinos (pp. 249-250), así como la errónea idea que tienen de la perfección de los textos. Se queja de que ven la providencia divina y que incluso hay quien (erróneamente) se piensa que las trazas de las letras esconden grandes secretos. Lo ve como un exceso de devoción. Y, respecto a las notas marginales que los rabinos escriben los textos, que se convierten en el Talmud, dice que se basan en la voluntad de querer ver algún misterio (p. 253). De lo contrario, tampoco deja en buen lugar a los cabalistas. Dice de ellos (con sarcasmo): "incluso he conocido a algunos cabalistas, aficionados a la broma, pero nunca he conseguido admirar suficientemente su locura" (p. 251). En definitiva, Spinoza explica, con todos los detalles, que todas estas historias (refiriéndose a los hechos bíblicos) aún no se han ordenado nunca ni se han examinado debidamente (p. 249). Dice que nadie se lo ha propuesto. Y, para dejarlo bien claro, aclara (p. 250):

(...) yo no escribo nada que no haya meditado larga y reiteradamente y que, a pesar de haber sido imbuido desde mi niñez en las opiniones corrientes sobre la Escritura, no he podido menos, finalmente, que admitir lo que acabo de decir.

Después, a los capítulos IX y X complementa la crítica al resto de libros, y en el Capítulo XI, dedicado al Nuevo Testamento, llega a afirmar que los evangelios nunca pudieron ser escritos por pescadores o gente común, sino por letrados sacerdotes, doctores predicadores (p. 282).

Spinoza deja al aire la idea sagrada de la historia, y apunta al mal uso que se ha hecho. Pero también denuncia en que se ha convertido el poder erigido por Moisés, fuera quien fuera, mientras que fuera realmente. En la primera página del libro, Spinoza denuncia que la religión se ha adornado con un pomposo ceremonial que le da prestigio en todo momento y le asegura la máxima veneración, dejando a la razón dañada. Y, del mismo modo, dice que (p. 64):

(...) el gran secreto del régimen monárquico y su máximo interés consisten en mantener engañados a los hombres y en disfrazar, bajo la especioso nombre de religión, el miedo con la que nos quiere gobernar, a fin de que luchen por su esclavitud , tal como si se tratara de su salvación, y no lo consideren una ignominia, sino el máximo honor, dar su sangre y su alma para orgullo de un solo hombre.

Spinoza, en este contexto, se refiere a todos los reyes, también a los judíos, que han alimentado una religión que se ha alejado de la Ley de Dios, y de la capacidad de trascender la libertad. Pero de forma especial se rebela (al inicio del libro) ante la crueldad y la malevolencia de los cristianos, que entonces declaran profesar el amor, la alegría, la paz y la felicidad de todos en nombre de la fe cristiana. Dice: "el mismo templo degeneró en teatro, donde no se escuchaba ya a doctores eclesiásticos, sino a oradores, arrastrados por el deseo, no ya de enseñar al pueblo, sino de atraer su admiración" (p. 66). Lo ve como un mal, a lo que añade a todos, también a turcos y judíos, y se queja de que la fe se ha convertido poco más que credulidad y prejuicios (p. 67).

Por esta razón, por su capacidad subversiva ante las posiciones polarizadas de la época, y por osar poner en duda la autoridad de todo el constructo simbólico instituido, en un contexto sensiblemente convulso, Spinoza fue duramente criticado, y amenazado.

Spinoza critica la religión y la monarquía, pero reclama su autoridad y obediencia a Dios. Por esta razón, tras las defiende como brazos de Estados que, siguiendo la ley natural, de Dios, deben gobernar conjuntamente con los ciudadanos, sobre unos Estados en que todos son iguales, y nadie es superior a nadie. Pero siguiendo unos determinados roles. Unos preservan el valor de la equidad y la caridad; otros el juicio de las acciones, en base a estos valores; y el resto es la libertad.

Lo que quiere Spinoza es salvar la religión y el Estado (lo dice el subtítulo del libro original), entendido como forma política esencial para la sana convivencia, y exclama del celo de los príncipes y los sumos pontífice, incluso los ciudadanos, que compiten por el poder, traicionan la ley del consenso genuino y, si es necesario, llaman al pueblo a la sedición, cuando les conviene, llevando el Estado y la religión a su ruina.

Es decir, Spinoza nos dice claramente que los poderes se han corrompido, y que hay que recomponerlos reinterpretando la historia. De hecho, nos dice literalmente que hay que empezar por la misma Biblia. Hay que repensarla en su totalidad, en el siglo XVII. Pero con una peculiaridad fundamental a la que nadie ha prestado atención: Spinoza no nos dice que hace diecisiete siglos que cayó el segundo Templo de Jerusalén, ni que la Biblia hace siglos que ha sido escrita. En su libro no hay Edad Media, ni hubo un tal Constantino, o un Carlomagno. Nada de esto es recogido por él. Leyéndolo, quien no supiera nada de la historia oficial, pensaría sin lugar a dudas que el pasado del Estado hebreo fue reciente.

Nos habla de la Edad Media? No. Nos habla del Estado hebreo del primer Templo bíblico. O sí, quizás nos habla también de la Edad Media, sin decirlo abiertamente. Como se ha dicho, tampoco lo niega, y deja la puerta abierta para formular esta hipótesis. Para entenderlo bien, sólo hay que leer atentamente lo que se dice, sin referencias bíblicas. Spinoza sitúa al lector a la Biblia, pero hay que fijarse bien en que dice. Si se sabe ver, habla de lo que oficialmente llamamos la Edad Media. Con la crítica a la ruptura del pacto social entre monarcas (príncipes y después reyes), pontífice y representantes del ministerio del Estado, formado por ciudadanos, Spinoza se queja de la imperfección manifiesta de un poder frágil que se sustenta en la idea de Dios, pero luego se corrompe. Trata, sin duda, de la profunda crisis de poderes que asola toda Europa de forma especial desde el siglo XVI, sin decirlo abiertamente. Spinoza se lamenta de la pérdida de control del frágil equilibrio inicial, en la que los ciudadanos se convierten en iguales ante el príncipe y el sumo pontífice, para mantener el consenso establecido con un buen gobierno y unas leyes adecuadas a la tradición. Dentro de este Estado genuino nadie es superior a los demás ante Dios, ni ningún príncipe aventaja a nadie por su nobleza o por derecho de sangre (p. 373). Pero todos se necesitan, siempre y cuando autoricen al poder de Dios, la ley natural, y sepan diferenciarla de la ley humana, propia de los Estados. Todos los príncipes de los hebreos estaban asociados por el vínculo religioso (p. 372), tal como los príncipes cristianos medievales. Esta es la raíz de las naciones piadosas de Dios, tal como ocurre en toda la Europa de la Edad Media cristiana. Pero en determinado momento entra en crisis.

En el Estado genuino, u originario, tal como ocurre con los condados medievales, y los reinos, los príncipes son gobernantes elegidos (o mejor dicho aceptados) por el pueblo, en la medida que se comprometen a cumplir la Ley, y los pontífices interpretan la Ley de Dios a seguir, siguiendo los preceptos sagrados transcritos por Moisés, que el pueblo aclama. En este particular orden repartido, los pontífices no legislan, ni los príncipes. Se hace conjuntamente a través de magistrados escogidos, representativos del pueblo, siguiendo el cumplimiento de la Ley de Dios, que se convierte en el precepto a seguir. Los mismos ejércitos son poderes de los ciudadanos, fieles a la Ley de Dios, que se deben a la defensa de la paz que los protege ante cualquier amenaza. No son mercenarios ni mucho menos extranjeros. Los soldados son legiones o ejércitos de Dios fieles a un determinado Estado del que forman parte. Es decir, la figura de Dios crea el código o veneración del Estado sobre todos sus ministros y representantes, y sus ejércitos. Resulta evidente que Spinoza nos hace referencia explícita al orden político y religioso de la Edad Media, en la que los ejércitos sirven a Dios en la forma de órdenes de caballería de vocación religiosa y militar al mismo tiempo. El amor de los ciudadanos a la patria no es sólo amor, sino piedad (p. 374). La Orden del Temple de Salomón es lo primero que viene a la mente (y el Reino de Jerusalén).

Pero, como bien resalta Spinoza, en este orden basado en la Ley de Dios, desgraciadamente, se sientan varias fragilidades. Por un lado, a pesar de esta piedad también prevalece una inevitable reprobación, que conduce al odio hacia las otras naciones que no se ajustan a esta cosmovisión. Por el otro, este equilibrio es transitorio, y los príncipes aspiran a perpetuar su poder, así como los pontífices, corrompiendo la ley y haciéndose la puñeta. Como resultado, se lamenta de la tendencia a caer en descrédito mutuo como estrategia de poder. Si es necesario, desafiando a la propia religión, a los príncipes, al pontífice o fomentando la sedición de los ciudadanos, así como su confrontación manipulando la realidad.

De este modo, el Estado originario sufre irremediablemente sucesivas crisis, derivadas de la propia competencia de dentro y fuera de las naciones. Ninguno de los tres poderes: el príncipe, el pontífice y la ciudadanía, ni puede ni sabe gobernar a largo plazo sin evitar caer en la tentación de abusar de su poder, cuando se siente amenazado. Cuando esto ocurre se crea un conflicto irresoluble, en la medida en que peligra la Ley de Dios, el Estado y la religión (es decir los valores de la equidad y la caridad) que lo mantiene todo unido. En esta línea, Spinoza destaca que la obediencia a Dios, desde el mismo momento en que se dicta, ha sido delegada a un representante humano, como lo fue Moisés, al que se le conceden grandes poderes, y la opción de un gobierno sin príncipe ni pontífice pasa a ser una quimera. De hecho, resalta que nunca se ha logrado. Desde el primer día en que Dios dictó la Ley a Moisés el pueblo eligió un gobernante, que se ocupara de hacerlos de intermediario ante Dios, y, desde el tiempo Moisés, se crearon las figuras de los príncipes y la del sumo pontífice, como contrapoderes en equilibrio sometidos a la Ley de Dios, en el que el pueblo participa desde su conciencia de la igualdad inalienable ante Dios. Spinoza se remite a la experiencia del Estado hebreo, entendido como una comunión de estructuras ciudadanas gobernadas por ellas mismas, con príncipes sometidos a un sumo pontífice, desde que los israelitas conquistan Canaán y las doce tribus (de Israel) se reparten a partes iguales este territorio. Y nos recuerda que los ciudadanos, para gobernar en paz, aún no han aprendido a convivir sin la autoridad de Dios que han delegado a los príncipes y a los pontífices.

Según Spinoza, el gobierno de un Estado formado únicamente por ciudadanos, tras una sangrienta rebelión, termina eligiendo a un tirano, no de forma espontánea, sino por necesidad, tal como muestra la historia. Y pone los ejemplos de los pueblos inglés y romano. No dice de qué años se trata, sin embargo, deja las pistas para repescar las fechas en la historia oficial. Atendiendo a los ojos inmediatos, parecería que debería referirse a hechos contemporáneos con el hilo de esta historia, pero no es así. La historia oficial entiende los hechos de los ingleses en el siglo XVI, y los de los romanos que cita Spinoza los asimila a la historia de los romanos anterior al cristianismo, desde el siglo VIII al I antes de Cristo. Acto seguido, equipara a los condes de Holanda con los príncipes hebreos, en tanto que el pueblo holandés siempre ha tenido el derecho (como el catalán) reservarse la autoridad de amonestar a los condes sobre sus deberes, así como el poder para defender su autoridad y la libertad de los ciudadanos para vengarse de ellos, si degeneraban en tiranos. Y recuerda el caso en que un conde lo intentó, sin éxito. Incluso (tal como los catalanes) los condes holandeses no pueden hacer nada sin la aprobación y el beneplácito del Estado holandés. Es decir, haciendo una (aparente) parábola histórica, Spinoza nos pone el siglo VIII antes de Cristo en la Edad Media, y la empalma con el siglo XVI.

Baruch Spinoza nos hace saber que el Estado hebreo ha entrado en crisis no hace mucho tiempo, como Estados medievales, por una desestabilización de la paz unas veces provocada por la ambición los príncipes y otras por la de los pontífices, pero también por la de los propios ciudadanos. Y reclama un retorno al origen, que exige recomponer y repensar íntegramente los textos sagrados, es decir, la historia. Incluso su cronología (p. 250). Nos dice, a golpes de obviedades implícitas, que la historia medieval fue otra, como también lo fue la de los pueblos hebreos, y que hay que encontrarla haciendo una fusión. Vaya, (visto así) hace un trabajo extraordinario, que incorpora una intencionalidad no manifiesta: denunciar la manipulación deliberada de las historias antigua y bíblica, que a su vez nos las hace muy actuales.

Recapitulando, Spinoza se lamenta de lo que se ha hecho con la Biblia, y reclama un retorno a su sentido original. En cierto modo, denuncia que es un error, si bien ve la historia real que se ha distorsionado. Y esta percepción, cuando no cita en la Edad Media, ni la duplicidad manifiesta entre el nacimiento de las naciones hebreas, con sus príncipes y pontífice; y el nacimiento de las naciones cristianas, con sus príncipes y el pontífice, cristianos, ... nos acerca a una enigmática evidencia que, tal vez, tiene una explicación. Todo invita a dar fuerza a la idea que aquí se pone encima de la mesa: ¿Spinoza expone, a base de obviedades, que los órdenes hebreo y cristiano son el mismo y coinciden en el tiempo?

Pero, ¿qué fundamento tiene esta tesis?

Existe una investigación neocronológica, desde la década de 1980, que afirma el supuesto de un orden medieval que en realidad es el bíblico, y se trata de una idea con un fundamento. Y este fundamento es científico porque contiene evidencias precisas, tales como astronómicas y estadísticas, y detrás hay un intenso (y riguroso) trabajo de análisis documental contrastado. Es concluyente. La era de la civilización y el periplo bíblico de la liberación del yugo egipcio son mucho más recientes, diga lo que diga la historia escrita. El único inconveniente que tiene es que deja sin fundamento sólido nuestra memoria escrita y esto crea mucha incredulidad. Por eso se descarta compulsivamente, sin entrar en razones. Este corriente está liderado por los matemáticos rusos Anatoly T. Fomenko (1945-actualidad) y Gleb V.Nosovskiy (1958-actualidad), se llama Nueva Cronología y sigue un trabajo hecho por el científico ruso Alexander Morozov (1854-1946). Morozov descubre la dilatación de la historia anterior al siglo VI de nuestra era, y Fomenko y Nosovskiy lo amplían hasta el siglo XVII. En este proceso, la historia antigua y la medieval ocupan los siglos recientes, por lo que en los siglos XVI-XVIII se reescribe la historia y se hace una ingente falsificación documental y arqueológica a gran escala, por razones simbólicas, que incluye numerosos errores acumulados. En una instancia paralela, el geógrafo y arquitecto Andreu Marfull (el autor de este artículo), reconstruye parte de esta historia en la que llama Cronología X-185, y hace de los judíos protagonistas del nacimiento de los estados-nación de Europa Medieval. Marfull, en esta línea, ubica esta llegada a la expansión Omeya que, proveniente de Egipto, llega hasta Occidente con una expedición dirigida por el caudillo Moisés, también conocido como Musa Ibn Nusair, tras la cual llegan a Occidente los príncipes descendientes del rey David, llamados Exiliarcas (en Narbona), y desde allí florece un poder judío que se mantiene a lo largo de toda la Edad Media. En este contexto, el libro atemporal de Spinoza se convierte en una pieza más que apunta en esa dirección. Es muy sugerente, ya que contempla la tesis razonable de que el poder judío aparece allí, no antes, tras Moisés, pero nos lo ubica en un tiempo y en un lugar que la lógica histórica bíblica oficial rechaza. Para evitar este contraste, Spinoza opta por hablar sin tiempo contradictorio, y que cada cual lo entienda como quiera, pero también nos da otra pista: nos dice que la Biblia no se refiere a los hechos y a los siglos que afirma tener la historia oficial. Así pues, la hipótesis se confirma. Nada lo niega. Al contrario, la refuerza.

Si las gafas neocronológicas no se equivocan, Spinoza da la razón en busca conocida como Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy, y afina hacia la reconstrucción que hace la línea X-185. Los príncipes cristianos medievales quizás no fueron cristianos, ni los sumos pontífices, sino hebreos.

... en el siglo IX (dice la historia oficial) Carlomagno invitó una comunidad judía a Narbona, conocida como los Exiliarcas de Babilonia (sólo podía referirse a El Cairo), que se hacían reconocer como descendientes del rey David. Vinieron como príncipes, después de la llegada del caudillo egipcio llamado Moisés, también conocido como Musa Ibn Nusair. Luego, casualmente, tras Carlomagno nacen casi todas las naciones medievales de Europa y lo hacen siguiendo el patrón de la división de poderes de los antiguos Estados hebreos bíblicos. He aquí que, quien sabe... quizás Spinoza (o quien fuera en realidad) (**) se refería a esta historia pensando que eran la misma, o mejor dicho sabiéndolo, pese a la invención de la historia cristiana. (***)

 

Notes

(*) El libro Tratado teológico-político es (oficialmente) original del 1670, pero, acorde con la Nueva Cronología, en la que se descifra la manipulación de las fechas de los libros, se pone en duda que realmente sea un libro de 1670.

(**) El nombre Benedicto Espinosa, en tanto hace referencia a la Orden de San Benito de Occidente y a las espinas de Cristo es probable que sea un pseudónimo con una intencionalidad: la denuncia a esta orden y a la Pasión de Cristo. La Orden de San Benito la promueve, oficialmente, Carlomagno.

(***) Ver el libro LA VÍA CRONOLÓGICA, de Andreu Marfull (2020).

 

Bibliografía citada

SPINOZA, B. (2012). Tratado teológico-político. Madrid: Alianza Editorial.